Muchas de las obras en torno a la confesión ofrecían una minuciosa y compleja normativa que regulaba la variada casuística con la que tenían que bregar los confesores. Aunque los manuales de confesores recogían esta casuística, un buen número de obras presentaban de forma clara y sencilla --bajo el título a veces de "arte de confesión"-- breves tratados eminentemente prácticos.

La Instruccion de confessores fue escrita por el jesuita Antonio Fernández de Córdoba con el objeto de conseguir una óptima cualificación técnica en la práctica real de la confesión, por tanto directamente relacionada con el sacramento católico de la penitencia, pues indica, informa e instruye tanto al confesor como al penitente por separado, en dicho acto. La obra se incluye dentro de un amplio grupo de tratados sobre la confesión que inciden en la práctica y la normativa.

Para los confesores constituía una ayuda inestimable el tratamiento breve, sencillo y asequible de cuestiones básicas de teología moral que le proporcionaban obras de no mucha extensión, como el promptuario que que aquí se muestra. Fray Simón de Salazar, dominico y profesor de la Universidad de Pamplona, es el autor de este exitoso Promptuario de materias morales, del que hay noticia de al menos cuarenta ediciones entre la fecha de su primera aparición, en Valladolid en 1659 (aunque por la información de la portada podría tratarse de una segunda edición), y 1715.

Se ha señalado la competencia comercial que la invasión de tratados sobre la confesión desató en el siglo XVII, competencia que llevó a algunos autores a aprovechar al máximo las posibilidades publicitarias de los títulos. En el caso del autor de este Interrogatorio, el predicador franciscano José Gavarri (O.F.M.), le llevaría a sustituirlo en las siguientes ediciones por el también llamativo de Noticias singularissimas... La sinceridad de Gavarri no debía ser del gusto de las autoridades eclesiásticas, como prueba que algunos de sus libros fueran condenados por la Inquisición

De quince ediciones de esta obra del jesuita italiano Paolo Segneri (1624-1694) se tiene noticia. Como muchas obras sobre el sacramento de la penitencia, expresamente se advierte en el título que sus destinatarios no son sólo los confesores, sino también los penitentes. A su formación sobre las Escrituras y sobre los Padres de la Iglesia, incorporó el conocimiento sobre Cicerón con el fin de adquirir la elocuencia de su prosa. La obra de Segneri fue traducida al castellano por Juan de Espínola Baeza Echaburu.

Es significativa la hegemonía indiscutible de que disfrutaron en el campo de la Teología Moral los autores navarros durante el Antiguo Régimen. Si en el siglo XVI esta hegemonía la ejerció Martín de Azpilcueta, en el siguiente lo hará Jaime de Corella, y en el inicio del Siglo de las Luces, corresponderá a este dominico, cuyo obra, estructurada en preguntas y respuestas para ser memorizadas, se convertirá en manual imprescindible hasta bien entrado el siglo XIX. Su obra Prontuario de la theologia moral, fue editada por primera vez en Pamplona en 1706, alcanzado 130 entre ediciones y traducciones.

Cinco ediciones conoció la obra del dominico Ferrer, desde esta primera que vió la luz en Valencia, por José Tomás Lucas, en 1736. La summa de Ferrer se inserta en el grupo de obras de confesión que proporcionan a los estudiosos de la teología moral y a los confesores, desde una perspectiva casi técnica, una visión canonizada y fija de la moral católica.

Muchas obras abordaban cuestiones puntuales pero conflictivas de la práctica de la confesión, como la usura y la llamada solicitación ad turpia. De este último caso trata este pequeño tratado del carmelita tudelano José Vicente Díaz Bravo (1708-d.1771), a quien Carlos III nombró Obispo de Durango en 1769. El problema de los clérigos solicitantes fue tratado por otros autores, como Juan de Escobar, José Pintre, Francisco de Rávago y un largo etcétera.

Si determinados tipos de pecados fueron objeto de especial atención por parte de los autores de tratados de confesión, la tipología del pecador también recibió un tratamiento diferenciado. Así ocurre en esta obra que el mercedario Antonio Solís dedicó a los casos de penitentes difíciles que reincidían en el pecado. No es un manual propiamente dicho sino, más bien, un tratado que desarrolla aspectos que debían procurar un mayor perfeccionamiento en el arte de confesar y dirigido al propio confesor.