Los fundamentos canónicos de la confesión

La práctica de la confesión está atestiguada en las primitivas comunidades cristianas, al menos la confesión pública. Aunque los Padres de la Iglesia y las grandes sumas teológicas --como la Summa de Confession, del dominico San Antonino de Florencia, abordaron el significado y la práctica de la confesión, su regularización vendrá de la mano del IV Concilio de Letrán, celebrado en 1215, y más extensamente del Concilio de Trento (1545-1463).

Antonio Pierozzi, arzobispo de Florencia, fue autor de numerosas obras, entre las que destacan la Summa Theologiae Moralis y el Confessionale, del que forma parte la obra aquí expuesta, Defecerunt, un pequeño tratado sobre la confesión sacramental, de cuya influencia dan testimonio las innumerables ediciones que se hicieron en los siglos XV y XVI. El ejemplar de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla comparte volumen con la edición sevillana de 1503 del Tratado de la Inmortalidad del Alma, de Maese Rodrigo Fernández de Santaella.

El Concilio de Trento dedicó varios capítulos de la sesión XIV --sobre la penitencia y la extrema unción-- al Sacramento de la Confesión, que al menos en parte había sido puesto en entredicho por la Reforma Protestante, al haber señalado ésta que era invención humana, y no precepto divino.

Trento insistirá en lo que ya había ordenado, en 1215, el Concilio de Letrán, acerca de la obligatoriedad de la confesión auricular, al menos una vez al año, y regulando su práctica, estableciendo entre otras cosas que sólo pueden ser ministros del Sacramento de la Confesión los obipos y sacerdotes.

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